Opinión: “Un Gallo para Esculapio”

por Avanti

13/03/2018

Camm

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‘Un Gallo para Esculapio’, de Bruno Stagnaro

Un gallo para Esculapio es un violento drama familiar. Una historia con síntomas casi bíblicos. Habla de hermanos enfrentados entre sí, hijos en contra de sus padres y viceversa. Es una historia de traiciones, una trama en la que las sospechas y las trampas se acumulan hasta explotar.

Es una serie dirigida por Bruno Stagnaro, quién resulta ser un especialista en contar sin eufemismos aquello de lo que nadie quiere hablar. Se caracteriza por exponer zonas en las que la pobreza y el peligro imponen su dinámica, a la vez que propone, sumergirse en territorios no muy explorados por la ficción, como las riñas de gallo y la piratería del asfalto. Uno sin violencia, amparado en el proteccionismo, otro con tensiones de suma verdad.
El logro radica en que la cámara está puesta en esa parte del Conurbano que no necesita efectos especiales ni puestas en escenas. Se muestra tal cual es, con su verdad y dolor característicos; sin necesidad de suavizarlo.

La intención de los guionistas fue lograr que la jerga, tanto callejera como inherente a los universos de los que trata la mini serie, fluya con naturalidad, hasta que surja la necesidad de la corrección lingüística por parte de los mismos personajes. La trastienda de ese contrapunto coloquial de la ficción tuvo a los guionistas anotando muletillas, frases hechas y pintorescas que grafiquen la idea y le brinden mayor credibilidad.

En primera instancia responde a un modelo clásico. Cuenta la vida de un joven inocente que crece, sin quererlo, dentro de un imperio criminal; de ser un hombre que llega de un pequeño pueblo del interior del país pasa a ser corrompido por la marginalidad existente en el conurbano bonaerense.

Así mismo utiliza elementos claves del policial, el film de gangsters, el western y las road movies para enfatizar este panorama oscuro y desesperanzado la época que enfrenta el país. Su búsqueda se acerca a la del policial negro más cercano al realismo sucio que a la literatura de género.

La serie le propone al espectador identificarse con un protagonista que, más allá de su rostro angelical y sus buenas intenciones, tiene una latente pero profunda oscuridad que aparece en los momentos claves del relato, volviéndolo un sujeto perturbado y peligroso.

Cuenta la historia de Nelson, quién llega al ‘Oeste’ porteño desde Misiones en busca de hermano Roque; aunque pronto su vida cambiará de rumbo al dejarse tentar por una vida criminal que contradice su búsqueda original. El hermano que busca, es un enemigo declarado y buscado por su nueva banda y, cuando llegue el momento de encontrarlo, su lealtad quedará dividida de una manera irreconciliable.

El otro personaje clave es Chelo Esculapio, un mafioso veterano, cuya banda de las llamadas ‘piratas del asfalto’ es un tanto anárquica y descontrolada, por lo que no responde del todo a sus deseos y órdenes.

En la relación entre ellos es donde sucede el eje central de los tantos que tiene la serie. Si Nelson es mejor hijo para el Chelo de lo que su hijo real jamás lo fue, esto tiene que ver con su sentido de la lealtad y sus modales correctos. Pero todo eso entrará en crisis cuando Nelson se relacione sentimentalmente con Estela, la mujer con la que su hermano Roque tiene un hijo. Lo que pondrá en tela de juicio esa lealtad que tanto lo define a Nelson como persona.

Así es como Un gallo para Esculapio empieza a construir un ida y vuelta tenso entre familias reales y familias sustitutas.

Aunque esas familias sustitutas tampoco resultan muy nobles. Por ejemplo: Yiyo, la mano derecha de Chelo, además del viejo, lo traiciona y le miente descaradamente para desplazarlo de su puesto y quedarse con él. Mientras que la lealtad del resto de su banda es fluctuante, al igual que la relación que mantiene con otras bandas, policías y funcionarios; todas esas relaciones están caracterizadas por la constante ruptura de pactos.
La serie sucede en la tierra de nadie, al igual que lo es el conurbano bonaerense para sus habitantes.

La construcción del mundo que habitan los personajes es sorprendente y, a grandes rasgos, tanto las actuaciones como los diálogos logran sostener la verosimilitud de los acontecimientos, entrelazándolos a la perfección entre sí.

El universo que retrata Un gallo para Esculapio asume la transgresión de volverse marginal por el simple hecho de abandonar la paleta de colores pastel con los que suele presentar el mundo la ficción local. Se aparta de la escenografía central de Palermo y de los problemas burgueses de la clase media porteña psicoanalizada y potencia una trama que abandona la comodidad del diván para mostrar el funcionamiento de la calle y las esquinas.

En sus trágicos, oscuros y sangrientos enfrentamientos, la serie se atreve a derrumbar casi todos los pilares que hacen sostener cualquier tipo de organización, sea familiar o delictiva. Hermanos matándose entre sí, amigos fusilando amigos, parejas arruinadas para siempre y una sensación de tierra sin ley de la que ni se salvan los gallos, observadores en primer plano la devastación que, a esa altura, ya ha pasado del Oeste del Conurbano a incluir a todo el país.

Es un relato de la hostilidad del mundo real. No endulza nuestros ojos con un romanticismo propio de la televisión, sino que rompe con todo lo que conocemos. La serie que se aleja del relato que suele cautivar a la pantalla chica local para aventurarse en una historia que respira el aire contaminado de los márgenes de una sociedad indomable.

Enfocando una parte de la realidad argentina, sin deleitarse en la marginalidad, Un gallo para Esculapio pone en pantalla la sociedad que la ficción argentina prefiere ocultar. O, en todo caso, encapsula su problemática a comunidades cerradas, alejadas de la cotidianidad de los televidentes, como una forma de aliviar sus conciencias.

 

Escrito por Camm
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